El principio de todo fue traído por su propio fin. Abriste los ojos y encontraste una constelación de fenómenos que dejaban impresiones fugaces, se alojaban en los sentidos como huellas de seres perecederos. Holgazán, ni siquiera intentaste moverte, a ver qué pasaba: si todo se desvanecía en un segundo y podías elevarte. No pasó nada. Pensé que iluminarse no era más que dar unos pasos y recibir el sol; supe que llegaría desde muy dentro. No era una respuesta, era una acción concreta de la voluntad: caminar, dirigirse al valle y encontrarse con algo verdadero. Al cabo de un instante, indiferente a ese espacio de tiempo presente, pasaste de un lado a otro del campo y recogiste una semilla entumecida en el abrazo entre dos árboles cenicientos. No supe responder a tiempo. Cuando me di cuenta que no eras el mismo y que ya nos habíamos extinguido, me di cuenta que uno solo hace la diferencia. No más temor, querido Yo. Yo me quiero. Yo me sano. Yo curo desde dentro toda la confusión. Bienvenido.